Jesús Vicioso

Pretérito perfecto simple

In Ella on 29 agosto 2011 at 23:28

Siempre pensé que sería algo así. Que tu serías otra. Como las demás. Como la anterior y como la siguiente. Y qué más da ya. Tú sabrás, digo. Te da igual, sé. Y pensé en llorar, pero sentí que me fui por el desagüe. Como la sangre importante, que se va tal cual un horizonte rojo lucha con un esquimal desalmado.

Bueno, no. No quería exactamente eso. Ya entiendes. De pequeño siempre odié el pretérito perfecto simple. Flirteaba con todos los otros tiempos. Pero ni el pasado es simple ni puede ser perfecto.

Balbucea la soledad y se ríe, la maldita. Entiendo de nuevo la vida y sus mecanismos de engaño. La ciencia es pura y continua, como un gran experimento. Ahora sí, después no. Pero el antes, ¿dónde estaba? El antes, lo de antes, la que eras al principio, la que me encandiló, la que se fue, la que nunca estuvo, aunque yo soñé. Aunque. Yo. Que no tú. Tú. Tú fuiste un sueño pero no, bien lo sentí. Sabes que tú lo sentiste. Fui feliz. Fuimos. Me engañaste. Me engañé. La vida, la maldita vida, me susurró entonces que antes no sería más nunca, que nunca te irías, que serías.

Fui amante del condicional, en una aventura previa. Por eso semiviví algún tiempo mientras llegabas. Alguna vez supe que tú vendrías y las de antes, en el antes, eran las excusas de tu venida. Oh, qué venida, que ida, que día, hora y minuto en el que me dijiste, me susurraste, me aclaraste que eras tú. Tú. Tú. No me canso del tú. De ti. Tú sabes.

Ya, es cierto. No estás ahí, al otro lado, ni tampoco en este. Nunca hubo más sitios porque nunca se sentaron a ser. Tu fuiste algo en mí. Yo soy menos sin ti. Se va la cosa, quia, claro que se va. Y yo con ella. La cosa, la vida, lo que viene. Pero no lo que fui. Fui menos y voy a menos. Ahora, sin embargo, soy un desierto sin oasis, que no tiene ni caminos a los que dar la espalda. Creo que en alguna duna, con tanto frío, me abrazaste un rato que fue eterno. Y nos miramos como si fuese algo bonito, pero era yo el único que disfrutaba de la vida. Del experimento. De la cosa que me inventé a la vez que jugábamos a este experimento tan frágil como un sueño dulce con sabor a cocacola.

Jodida cocacola con cafeína que ahora no me deja dormir.

 

Confianza susurrada

In Aquello que nunca te dije, Ella on 18 mayo 2011 at 23:15

En Sol, las madrugadas eran más duras porque sabían que, tarde o temprano, amanecería y ella se iría con todo, al garete. A unos metros, las putas se vendían como reclamo de la libertad y, al fondo, había llantos desconsolados de unos vendedores de oro por no tener plata. Los buscadores de tesoros adoraban su presencia hasta que se apagaba la llama. Campanilla, maldita sea, paseaba borracha de algo por la plaza y el grupo sólo la idolatraba por lo que había sido y no por lo que era. Lo peor es que nadie hablaba de futuro y, claro, los verbos se jodieron.

Cuando Nunca Jamás se cerró, el Pequeño Príncipe se quedó sin rosa y en Marrakech dejó, por fin, de llover. Reían unos desgraciados porque miraban a dos presuntos enamorados que no sabían besarse y probaron a aprender  en el hotel de las mil estrellas, cuyo servicio de habitaciones deja mucho que desear. No, no te despiertan a la hora que tú quieras. Te despiertas tú solo, cuando tu reloj biológico o algún que otro susurro te dice ya está bien, pero entonces el corazón contradice los juicios histriónicos, y, ya puestos, a nadie le viene bien la resaca perpetua.

El caso es que la guitarra no consigue afinarse, y lo intenta, y por eso algunas canciones salen rarillas, que no malas, joe, no confundamos. La voz, eso sí, se desgarra, porque el sentimiento es lo que tiene, que es muy suyo. Entonces, los buscadores de tesoros se callan, aunque el recital de la vida comienza con varios microsegundos de retraso. Qué más da, dice uno. Jo que no, le contesta otro. Mira, a ella no le importa, seguro que no, concluye alguien.

Es cierto, la voz confía en que a ella no le importe el retraso.

Contigo, abrigo, olvido. La cosa es sencilla, pero con mucho entre líneas. Hay silencio y todos hacen como si nada, como si la vida se apartase para dar vía libre a los gritos de la borracha Campanilla que odia estos instantes inseguros. Pero todo es tan inseguro como cuando estaba en el país del niño perenne. Qué fue de él, pregunta el hada. Pero los otros hace mucho rato que se quedaron con los sentimientos arrugados.

El frío. Las manos. Cicatrices bonitas y miradas silenciosas. El viento silba shhh y ellos se quedan gimoteando, como siempre, mientras ella se va. Una visita al año es suficiente pare recordar que la chispa existe y que hay sonrisas de verdad.

Feliz séptimo cumpleaños.

La órbita

In Aquello que nunca te dije on 9 noviembre 2010 at 23:11

La cosa es que a veces no éramos nosotros y, mientras, soñábamos con vernos, después de todo, juntos. Siempre en el futuro. En el futuro y más allá. Y sonreías y no éramos nadie, salvo tímidos compradores de segundos por venir, por descubrir, y mira que el camino estaba lleno de baches. Y decías, mientras sollozaba, que no eran baches, sino charcos. Que los pisarías todos, aunque me quedase atónito viéndote. Que me mojarías, al menos para hacerte reír. Joder con tu sonrisa. Tu sonrisa me podía. Me hacía temblar. Y volar. Temblaba volando en tu órbita, pero disfrutaba. Decías que no éramos nadie y yo, a tu lado, me sentía un mundo entero.

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