Nunca me dijo aquello de ‘mejor como amigos’. Me soltó un ‘te quiero tanto que no sé cómo te quiero’. Lo habrá olvidado. Como tantas otras cosas.
Me acaban de conceder un premio al tonto del primer cuatrimestre. Hasta hace una semana, me había quedado todos y cada uno de los días por la tarde-noche a pesar de tener turno de mañana. Me las ingeniaba de las formas más rocambolescas para que ninguno de los míos se diese cuenta. Llegaba al piso a las cinco o hacía como que estaba. Me iba al metro después de la radio, después del ccs. Y cuando Javi y David se iban, yo regresaba a la casa de los futuros periodistas y de algunos soñadores como servidor. Mi intención, noble después de todo, era poder coincidir con la reina de la baraja de cartas con la que ahora jugamos cada uno de los ratos libres que tenemos, que cada vez son menos. Desde la caída de la noche, recorría todos y cada uno de los pasillos de la mole gris para encontrar su rostro, ese que llevaba meses sin esbozar en mis ojos -pero que otras miles de veces he rozado con mi pincel de los recuerdos-. También buscaba su dulce voz, su cálida sonrisa, su alma.
Como un drogata que busca su camello para que le dé de lo mejor que lleve. Pero claro, yo buscaba algo cuya grandeza conocen tan pocos que con los dedos de una mano rota se pueden contar.
Después de tantos días no perdidos, sino esperanzados, el encuentro surgió como todo lo nuestro: por la extraña casualidad que parecía que todo estaba destinado. La vi. Me puse la goma en el brazo y saqué la jeringuilla. Se me acercó. ‘Bú’ me hizo. ‘Ah’ hice yo cuando entró la primera gota de esa dosis que tanta ansiaba. Mi cuerpo se paralizó. Llevaba mucho tiempo sin probar de la fruta prohibida. Me preguntaba por cosas normales, como si no hubiese pasado nada. La jeringuilla seguía vaciándose en mí. El líquido pastoso entraba sin parar. Y qué gustazo. Los escalofríos se convertían en un dolor que me daba un extraño gustillo. No me salían las palabras. Cuando la dosis iba acabando la fuerza de la dosis iba actuando y comenzaba a darme el subidón. Se fue sin que me diese cuenta. Con la última parte de la droga se me saltaron las lágrimas. Me di la vuelta mientras seguía ella siempre ha estado, es decir, para adelante. Dejando mucho atrás. Cuando me quité la goma me derrumbé. Al presentar el informativo de las ocho se me notó. Tenía una oyente menos. Y la más importante. Fuera de frecuencia.
Necesito un poco más de esa dulzura indescriptible. Me gustaría sentir su sonrisa. Me sentaría bien saber que sigo ahí para ella. Pero nunca me dijo aquello de ‘mejor como amigos’. Me soltó un ‘te quiero tanto que no sé cómo te quiero’. Lo habrá olvidado. Como tantas otras cosas. Ya ven. Ella es tan especial…
Como un pacto sin firmar,
yo no espero más de ti,
y tú de mi no esperas más,
es un pacto sin firmar.
En la planta de tus pies,
en el árbol, en la mar,
como un pacto sin firmar,
yo no espero más de ti.
Tú de mí no esperas más,
es un pacto sin firmar.
En la planta de tus pies
traes arena de otro mar,
te los limpio y me hago el loco
y como si esto fuera poco.
Antes roto que doblarme,
antes muero que dejarte.
Y no espero que seas nadie,
para mí no es importante
Yo no bailo con princesas,
pero te haré reina del baile.
Estoy a punto de romperme
porque me gustas con coraje.
Ya te habrás dado cuenta amor,
que yo no hago cosas normales.
Ven que no voy a cambiarte,
ni tu vida será otra,
Yo te invito a este lugar,
Donde el amor no se equivoca. (Bis)
Pero cuando quieras escaparte
del cristal de tu escaparate
Ven que no voy a cambiarte,
ni tu vida será otra,
Yo te invito a este lugar,
Donde el amor no se equivoca. (Bis)
Que no voy a cambiarte,
no quiero que tu vida sea otra,
y ven conmigo a este lugar,
Donde el amor no se equivoca.
No se equivoca,
ni tu vida será otra,
No se equivoca,
el amor no se equivoca.
No se equivoca. (A. Sanz)